domingo, 20 de octubre de 2013

PADRES CON AUTISMO: NUESTROS PRIMEROS PASOS EN LA ESCUELA.



Los primeros encuentros con doña Carmen (la profesora de la escuela pública rural), nos permitieron comprender que ella era uno de esos maravillosos docentes que viven para sus estudiantes. En eso éramos afortunados. Nos encontramos con un aula donde trabajaban 17 niños y niñas divididas por grupos de 5 - 6, asociados acorde con su nivel educativo    (preescolar y primero). Un aula típica, amplia, con una pobre dotación de material didáctico y completamente dependiente de las habilidades y los intereses de la docente. 

Dentro del grupo de niños y niñas reconocimos cinco niños atípicos y los otros típicos. Dos niños, hermanos mellizos, tenían ocho años, ambos en preescolar y con muchas dificultades para asumir los contenidos y habilidades esperadas para su edad; Sebastían, con cinco años y una habilidad profunda para no estar quieto y mucho menos seguir las indicaciones de la docente, para su edad con una maravillosa capacidad para manejar su cuerpo; Cristhian Mauricio, con la magia de pasar de mesa en mesa para persuadir a sus compañeros de correr, gritar y saltar por el salón; y Alejandro, nuestro compañero de viaje como familia, con un diagnóstico de autismo y con una clara capacidad de estar en sus propias cosas. 

Los otros niños se acercaban a lo que un docente puede esperar de sus niños, con una disposición y capacidad de obediencia, que les permitía realizar las actividades sugeridas en el aula.

Desde esta mirada extremadamente superficial el aula estaba hecha para los niños típicos. Empezaron las clases con nuestra presencia para acompañar las actividades de Alejandro y también con la finalidad de observar sus respuestas con respecto a la docentes y compañeros. Nuestra presencia no solo se limitó a la observación pasiva, empezamos a participar con actividades y sugerencias de trabajo para todos los niños. Cuando doña Carmen podía hacerse cargo de Alejandro de manera directa, lograba concentrarlo en la actividad propuesta por ella, sin embargo la mayoría de las ocasiones, este se dedicaba a deambular por el aula sin centrar cualquier tipo de interés, excepto por la mirada reiterada de algunos cuentos que encontraba en las estanterías. Doña Carmen no tenía muchas posibilidades de centrarse en él, porque igual los otros niños atípicos le exigían tiempo, esfuerzo, paciencia, reiteración, sugerencias de quietud, llamados a la atención y acompañamiento directo.

Ella nos comentaba sobre su angustia ante las dificultades que estos niños tenían para el aprendizaje, contando con el poco apoyo de los padres, dado que no comprendían la importancia del trabajo en casa. Su labor como educadora era algo así como un trabajo aislado que poco redundaba en la completitud de esos infantes.

Una observación importante de esas primeras semanas de escuela, fue el corroborar la persistencia de la oralidad del docente en los trabajos de aula  y la concretitud de las actividades de los niños en hojas y cuadernos que dejaban evidencias físicas sobre trazos, formas, colores, relaciones...

Igual fue evidente la generalización de las actividades, dado que se proponían ejercicios que debían ser cumplidos por todos los niños de la misma manera, en los mismos tiempos y con pautas similares con respecto a los resultados esperados. Doña Carmen utilizaba otros materiales, sin embargo terminaba concretándolos en el cuaderno.

Como es evidente en las fotografías, el aula estaba desprovista de ayudas gráficas o de cualquier elemento que le permitiera a Alejandro estructurar mínimamente su presencia en el aula, en ese momento él dependía por completo de nuestro acompañamiento y de los gráficos que le hacíamos para que comprendiera lo solicitado por la docente.