sábado, 19 de octubre de 2013

UNA ESCUELA CARGADA DE CERROJOS.

Tomar la decisión fue fácil, "vamos a llevar al niño a la escuela pública rural". No sabíamos en ese momento que lo difícil estaba en las interpretaciones que se le hacía a la Ley General de Educación de nuestro país. Alejandro tenía cuatro años y por ende no podía ingresar al sistema público de educación hasta cumplir los cinco años. Eso fue lo que nos explicó la profesora, incluso ni le hablamos de las habilidades propias de nuestro hijo, su respuesta fue tan tajante que no fue posible continuar con un diálogo de interés mutuo.

Ante ese primer cerrojo, fuimos a hablar con la madre comunitaria de la vereda, ella hace parte de un programa nacional donde cuidan a los niños, sin tener la infraestructura y condiciones óptimas para el estímulo de los primeros años de infancia. Le propusimos a doña Claudia tener el niño con ella en las tardes, para que este pudiera socializar con los otros niños, nosotros lo acompañaríamos en esas dos horas. Ella indicó que su cupo estaba completo, solamente con una orden de las funcionarias del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar sería posible recibirlo. 

Con otra negativa, fuimos a solicitar una cita con el rector del centro educativo que administra la escuela pública rural. Sin mediar ninguna aclaración adicional le planteamos que Alejandro era un niño con autismo que requería tener un espacio educativo que le permitiera tener una experiencia regulada de vida escolar. Por fortuna algo de nuestra argumentación tocó su imaginario judeocristiano de ayuda al prójimo. El rector utilizó la siguiente frase: estamos para ayudar a ese pobre niño con todo lo que esté a nuestro alcance, nuestra vocación es de ayuda.

En ese momento no supimos si el centro educativo contaba con programas de educación inclusiva o simplemente en las palabras del rector se denotaba la presunción de la escuela como un espacio perdonado, con todas las virtudes y capacidades para acompañar el proceso formativo de cualquier niño o niña.

Sobre la profesora de la escuela no habíamos escuchado comentarios agradables, una vecina en la vereda tenía un niño con dificultades para el aprendizaje  e indicaba que la profesora le exigía demasiado, por eso no lo iban a matricular el siguiente año. Otros comentarios tenían relación con la voz, se decía que asustaba a los niños e incluso parecía que los gritaba permanentemente.

Llegó el siguiente año lectivo (2012), y fuimos a la reunión introductoria, aprovechamos para contarle a doña Carmen (la docente) sobre las habilidades particulares de Alejandro. Sin espera  - y con un gesto de angustia -  la profesora nos contó que no tenía experiencia alguna en acompañar a niños con autismo. Para nada hablamos de la edad de Alejandro, y por fortuna su tamaño lo equiparaba en apariencia con la edad de los otros niños.

Por fortuna ya habíamos tenido cuatro meses de experiencia con las pautas de manejo que nos habían entregado en la fundación Integrar, además nos habíamos adentrado de manera obsesiva en la lectura de diferentes propuestas de manejo de los niños con autismo. Adaptamos una habitación de la casa para convertirla en un taller de herramientas didácticas y de material para tener un adecuado sistema ampliado de comunicación. Elaboramos diferentes herramientas acorde con las necesidades que encontrábamos en Alejandro, aunado a adaptaciones de material utilizado en diferentes salas Teacch.

En esos cuatro meses la experiencia había sido rica, generosa y con avances evidentes en el proceso del niño, por eso estabamos confiados en que podríamos acompañar a doña Carmen en ese ejercicio de aula.

Le prestamos el mismo material de lectura inicial que nos facilitó la fundación Integrar, la interrogamos sobre su cotidianidad en el aula, las actividades en que hacía énfasis y las situaciones problemáticas más comunes que vivía con los niños y niñas. Con esta información elaboramos pictogramas relacionados directamente con un listado que emergió de ese diálogo.

!Y empezó la escuela para Alejandro y para nosotros¡ !Qué maravillosa aventura¡

Superamos esos primeros obstáculos, por fortuna nuestra elección fue la adecuada, una escuela rural, con poco control desde el sistema educativo, con tiempos más relativizados con respecto a los desarrollos esperados, con el claro estigma de una educación de menor calidad para los niños campesinos, sin las miradas de los terribles planeadores y administradores de la educación.